Trail Tales: Lead by Generations

Cada marca de la puerta de The Old Smithy (La Antigua Herrería) representa un momento del tiempo. Puede que las nítidas huellas que dejó el hierro candente aparezcan ahora algo más apagadas por el efecto del clima de Yorkshire a lo largo de dos siglos, pero aun así siguen siendo visibles. Una conexión tangible con la historia de Swaledale.

En este día de principios de primavera, la luz se refleja en la veta de la madera creando crestas que nos recuerdan a las laderas por las que hemos pasado la jornada con nuestras bicis. Cuando accedemos al interior, el sol, pálido y bajo, se filtra por la puerta e ilumina el irregular adoquinado del suelo, señalando el camino hacia la parte trasera de la vieja herrería.

A comienzos del siglo XIX, el tata-tata-tatarabuelo de Stephen Calvert estuvo aquí mismo, donde él se encuentra ahora, haciendo funcionar los fuelles del horno de la herrería hasta que coge temperatura. Una vez que el metal está al rojo vivo, gira 180º sus pies calzados con zuecos y empieza a moldear el hierro con un golpe de martillo cada la vez.

Observamos a Stephen trabajar exactamente igual que se hacía en The Old Smithy de Gunnerside hace más de 200 años.

Los zuecos han sido sustituidos por calzado más moderno, pero el cuadrado de madera sobre el suelo de piedra sigue ahí, integrado en un hueco poco profundo por las generaciones de Calverts que iban y venían entre el horno y el yunque.

El rítmico golpeteo metal contra metal contrasta con el día que hemos pasado en el profundo valle con forma de V de Gunnerside Gill.

Una jornada en la que estuvimos acompañados intermitentemente por la niebla y la lluvia, y en la que tuvimos la oportunidad de rodar por un páramo desolado y estéril. El único ruido provenía de algún que otro urogallo asustado al que sorprendimos mientras se alimentaba, y que batía las alas al alzar el vuelo sobre los brezos.

pistas cubiertas de hierba y sus laderas de suave pendiente.

Nuestro sendero salió finalmente de la nube para adentrarse en el corazón del valle.

Se trataba de una senda pedregosa y áspera única por muchas razones, pero sobre todo porque parecía no encajar en su entorno, un paisaje célebre por sus anchas pistas cubiertas de hierba y sus laderas de suave pendiente.

El descenso terminó con una serie de bruscos cambios de dirección, riscos negros sobre un sendero estrechísimo que discurría entre piedras y rocas sueltas, tan cerrado que era casi como un túnel cuando llegamos al final. Frente a nosotros encontramos varios edificios en ruinas. A primera vista, aquello estaba fuera de lugar en este espacio aparentemente natural.

La realidad es que el paisaje, hasta donde alcanza la vista, se ha visto alterado por la acción del ser humano.

La historia de las minas de plomo en Gunnerside y sus alrededores se remonta, como mínimo, a la época romana. La galena, un mineral que discurre en vetas verticales por las colinas, se extraía para fundirlo y trabajarlo con el fin de fabricar tubos, tejados, balas y para centenares de otros usos desde que se descubrió. Para ello, originalmente se excavaron pozos, simples agujeros en el suelo. Si se observa de cerca, pueden verse las cicatrices que dejaron las primeras explotaciones mineras en el suelo por toda la zona de los Yorkshire Dales.

Más tarde se empleó la técnica denominada hushing. Consistía en represar los manantiales que brotaban en las cimas de los páramos para crear grandes lagos artificiales antes de demolerlos. De esta forma, los torrentes de agua que corrían por la ladera arrancaban toda la capa superficial del suelo y el material suelto, arrastrándolos hasta el fondo del valle. Cientos de años después, este fue el camino que seguimos en nuestro descenso.

Se construyeron minas y profundas galerías siguiendo las vetas de mineral hasta lo más profundo de las colinas, creando todo un entramado de túneles interconectados de varios kilómetros de largo, a menudo uniendo una ladera con la siguiente.

En aquella época, el silencio, como el que se respiraba en Gunnerside Gill en esta mañana de mediados de semana, solo se veía perturbado por el ruido que hacían los picos de los mineros al golpear contra la roca en su esfuerzo por abrir nuevas galerías. No disponían de máquinas. Solo había hombres, herramientas y trabajo físico. Muchas de aquellas herramientas eran fabricadas por los ancestros de Stephen y adquiridas por los mineros para su trabajo diario. La herrería también fabricaba las vagonetas, que chirriaban con el peso del mineral, empujadas por muchachos y caballos.

Gritos, cánticos, charlas. Industria. Los fantasmas de aquellos sonidos se dejan sentir todavía poderosamente en el paisaje, atrapados de algún modo en el valle.

El delicado esqueleto de los edificios en ruinas destila belleza: una esbelta chimenea que se alza hacia los cielos cambiantes, ventanas vacías que enmarcan las reliquias postindustriales y, más allá, el páramo cubierto de brezos.

Seguimos la senda hacia el fondo del valle; a medida que avanzamos, el río Gunnerside, que al principio era apenas un arroyo, se iba ensanchando. Nuestras bicis seguían el camino del plomo, y también el de los mineros cuando terminaban su jornada de trabajo.

Rostros agotados ​​y ennegrecidos que regresaban al hogar.

Pasamos por la planta en la que se trituraba la roca extraída –un trabajo que generalmente realizaban mujeres y niños– para obtener el mineral. Por último, este se fundía en lingotes de plomo que se vendían a las industrias. Para identificar el origen de cada lingote, se estampaban las iniciales de la mina con un sello sobre el metal aún caliente. Esas marcas son las mismas que pueden apreciarse hoy en la puerta de la herrería, intactas desde el día que se estamparon en ella. El hecho de marcar la madera con ellas era la prueba visual que demostraba al comprador que el producto final estaba libre de desperfectos. Este pequeño herrero literalmente dejó su huella en la Revolución Industrial del Reino Unido.

Conforme avanzabamos, el camino se asemejaba mucho al que habíamos dejado atrás, un recordatorio físico de las cientos de huellas que habrían realizado este viaje todos los días. La aldea de Gunnerside se alza en el lugar donde el arroyo con el que comparte su nombre desemboca en el río Swale. Y allí, ligeramente alejada de la orilla del riachuelo, se encuentra The Old Smithy. Aparte del calzado de Stephen y de un par de bombillas eléctricas en el techo, la herrería no ha cambiado desde el día en que abrió sus puertas, allá por 1795.

Seguimos la senda hacia el fondo del valle; a medida que avanzamos, el río Gunnerside, que al principio era apenas un arroyo, se iba ensanchando. Nuestras bicis seguían el camino del plomo, y también el de los mineros cuando terminaban su jornada de trabajo.

Rostros agotados ​​y ennegrecidos que regresaban al hogar.

Pasamos por la planta en la que se trituraba la roca extraída –un trabajo que generalmente realizaban mujeres y niños– para obtener el mineral. Por último, este se fundía en lingotes de plomo que se vendían a las industrias. Para identificar el origen de cada lingote, se estampaban las iniciales de la mina con un sello sobre el metal aún caliente. Esas marcas son las mismas que pueden apreciarse hoy en la puerta de la herrería, intactas desde el día que se estamparon en ella. El hecho de marcar la madera con ellas era la prueba visual que demostraba al comprador que el producto final estaba libre de desperfectos. Este pequeño herrero literalmente dejó su huella en la Revolución Industrial del Reino Unido.

Conforme avanzabamos, el camino se asemejaba mucho al que habíamos dejado atrás, un recordatorio físico de las cientos de huellas que habrían realizado este viaje todos los días. La aldea de Gunnerside se alza en el lugar donde el arroyo con el que comparte su nombre desemboca en el río Swale. Y allí, ligeramente alejada de la orilla del riachuelo, se encuentra The Old Smithy. Aparte del calzado de Stephen y de un par de bombillas eléctricas en el techo, la herrería no ha cambiado desde el día en que abrió sus puertas, allá por 1795.

El mismo horno, los mismos fuelles, el mismo yunque, el mismo proceso.

No puede decirse lo mismo del mundo que se abre más allá de su característica puerta delantera. Las minas apenas eran rentables en su tiempo, y una vez que se descubrieron fuentes de plomo más baratas en América y España, el silencio no tardó en volver a imponerse en las colinas de los Yorkshire Dales, salvo por los poderosos balidos de las ovejas de Swaledale.

“Los que somos de aquí nos sentimos parte del valle”

Pese a ello, el negocio de los Calvert se mantuvo en pie. Los caballos seguían necesitando herraduras, y había que fabricar y reparar herramientas y maquinaria agrícola. Con el tiempo, hasta la demanda de herraduras terminó por desaparecer.

En 2021, un herrero puede resultar algo anacrónico, incluso en una aldea tranquila como Gunnerside.

Stephen, como muchos miembros de su familia antes que él, reparte su tiempo entre la herrería y la gestión de una pequeña granja. En la actualidad buena parte de su trabajo como herrero lo realiza de manera personalizada –con fines casi ornamentales–, aunque los productos que fabrica continúan siendo funcionales. Mientras charlabamos con él, convirtió un pedazo de hierro en el pestillo de una puerta.

“Los que somos de aquí nos sentimos parte del valle”, afirmó Stephen, trabajando con destreza. Eso es, en parte, lo que lo mantiene unido al negocio que parecía destinado a ejercer. No guarda muchos recuerdos de su abuelo William, que falleció cuando Stephen era joven. No obstante, hay uno que se le quedó grabado a fuego, como las marcas de la puerta de la herrería.

Un día, cuando tenía cinco años, el pequeño Stephen luchaba con un cascanueces y una nuez; sus manitas eran incapaces de agarrar bien la herramienta y extraer la nuez que quería comerse. Su abuelo lo metió en su abrigo y lo llevó a la herrería, donde encendió el horno. Stephen vio a su abuelo trabajar el metal; recuerda cada golpe y cómo lo moldeaba. Enseguida le entregó a Stephen un cascanueces en miniatura, perfecto para él. Al cabo de unos años, Stephen ayudaba a su padre en la herrería. Cuarenta años después sigue ahí.

La población de Gunnerside es hoy mucho menor que la que vivía en el pueblo en el esplendor de su época minera. Esta disminución de habitantes se ha acelerado en los últimos años, pues sus vecinos se trasladan a vivir a otros lugares más cercanos a su trabajo y las viejas casas son adquiridas como segundas residencias o para alquilar durante el verano. En la voz de Stephen no se atisbaba rastro de amargura mientras nos describía esta situación.

Entiende que la gente necesita trabajar, y ¿quién no querría tener una casa para pasar sus vacaciones en esta hermosa parte del mundo?

Más bien, se siente orgulloso de haber seguido con el oficio y haber puesto su granito de arena a la historia durante una generación más. Quizás, no obstante, tiene cierta sensación de pérdida del estilo de vida tan cercano de la aldea, que ha ido desapareciendo paulatinamente.

¿Es Stephen el último de la saga familiar de herreros en esta tierra? Puede que no. Su hija adolescente ha expresado su interés en seguir con el negocio, por lo que es posible que los Calvert mantengan la herrería abierta durante otra generación más. Además, se trata de un oficio que está volviendo a ganar notoriedad.

Las personas están volviendo a valorar que los artículos sean duraderos y puedan repararse cuando se estropean, lo que supone un alejamiento de la cultura del “usar y tirar” que ha caracterizado las décadas pasadas.

Este ha sido, sin lugar a dudas, un viaje de exploración de la permanencia y la fugacidad. El auge de la minería de plomo duró tan solo un siglo, pero su impacto en el paisaje y la cultura de Swaledale perdurará mucho más tiempo.

Los edificios de las antiguas minas, las marcas en la puerta de la herrería, el hueco practicado en su suelo de madera, el yunque mellado y el sendero que discurre por Gunnerside tienen vida.

Seguirán ahí durante años y sus historias deben volver a contarse para que conserven su significado y su conexión con el asombroso paisaje que los alberga. La historia no es solo aquello que está escrito en los libros, también está en las personas, en su vida y sus experiencias. Y aquí estamos nosotros, en pie, escuchando y viendo con nuestros propios ojos la historia de Stephen mientras trabaja.

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