Seeking Adventure: el desierto de Alvord y el monte Steens

Un destino poco habitual

Es muy probable que ni el desierto de Alvord ni el monte Steens se encuentren entre los primeros puestos de tu lista de futuras rutas en bici; quizá ni siquiera en la de lugares por visitar. La verdad es que tampoco figuraba en nuestra selección inicial, pero tras una oportuna recomendación, una importante cantidad de indagaciones y nuestra posterior visita a ambos lugares, tenemos que recomendarte que además de considerarlos para una posible escapada, hagas de ellos uno de tus destinos prioritarios.

Esta zona, que alberga una de las formaciones geográficas más sorprendentes de Oregón, se encuentra increíblemente aislada y esconde un antiguo llano alcalino (o lago seco) que colinda abruptamente con una espectacular y escarpada montaña de cumbres nevadas. Este paraje repleto de terrenos accidentados, largas horas de sol inclemente y hermosas pistas de grava donde la presencia de otros seres humanos es prácticamente inexistente, cumplió varios de nuestros requisitos y demostró ser el destino ideal para nuestra última aventura.

La grandeza del vecino monte Steens, sumada al aura mística y solitaria del desierto, nos inundó de emoción, y con las primeras luces del alba bañando el páramo partimos desde nuestro campamento base en dirección al lago seco.

El reclamo de la grava

Sabiendo que volveríamos al lago seco a la mañana siguiente para una ruta al amanecer, dedicamos el día a explorar la llanura principal, un tramo de pista de grava de 83 km que discurre paralelo al lado oeste del monte Steens y que se extiende desde el municipio de Fields (86 habitantes) en el extremo sur en dirección ascendente hacia la carretera de Folly Farm y la autopista HW 78 (zona totalmente despoblada, salvo que se cuente al ganado) en el noreste.

Lago Mann

En nuestra ruta en dirección norte nos encontramos con numerosas pistas secundarias, consistentes en su mayoría en rastros de ruedas de doble eje cubiertas por una fina capa de hierba, que nos invitaban a explorar. Varias de ellas apenas se adentraban unos 200 metros en las colinas para terminar abruptamente o continuar en un plano casi vertical e intransitable que nos devolvía a la pista principal. Sin embargo, algunas excepciones merecieron la pena, y continuamos probando un sendero tras otro.

A nuestro regreso, nos encontramos repentinamente con el azul del lago Mann. Esta somera masa de agua, que pareciera encontrarse a miles de kilómetros del cercano desierto, contrastaba sobre la verde hierba que crecía en sus orillas ofreciendo una espectacular vista con las cumbres nevadas al oeste como telón de fondo.

Aislados

Sabedores de que la falta de previsión puede pagarse muy cara, ante la ausencia de cobertura telefónica y con el firme propósito de no pasar a formar parte de las trágicas estadísticas de tragedias con todoterrenos o bicicletas sobre las que habíamos leído, nos aseguramos de llevar con nosotros amplias provisiones de comida y bebida para cuatro días, pese a haber planificado una estancia de solo tres. Digamos que, una vez que se llega al destino, no hay muchas oportunidades de abastecerse… o más bien ninguna.

El Salvaje Oeste

No nos cruzamos con nadie por esta remota pista de grava hasta que nos encontramos con un vaquero (¡yeeeeeeha!¡el Salvaje Oeste vive!) con sus dos fieles perros pastores y las que calculamos son 70 cabezas de ganado. No tenemos la más remota idea de dónde vienen ni adónde van, pero lo cierto es que el encuentro le da un punto agradable a nuestra ruta (salvo en el tramo de pista por la que han pasado, en el que abundan los “recordatorios” de que el rebaño con el que nos acabamos de cruzar no fue un espejismo…).

A remojo

Aunque el calor aprieta con más de 30 ºC, decidimos dirigirnos al Manantial Termal de Alvord sabiendo que anda cerca y que lo tendremos para nosotros solos. Un malhumorado guardés que vive en un tráiler aparcado en el lugar se ocupa de cuidar y gestionar el manantial y el sistema de tuberías empleado para enfriar hasta 44 ºC el agua que entra en él a la altísima temperatura de 79 ºC.

De relax

El Manantial cuenta con dos piletas de hormigón coronadas por un rústico entablado de madera, y una de ellas dispone además de un rudimentario cerramiento de láminas de chapa corrugada que ofrece cobijo del sol y el viento. Pese a distar mucho de lo que cualquiera tildaría de “lujoso”, el Manantial termina por convertirse en el lugar perfecto para relajarnos tras el duro día y contemplar cómo el sol se pone tras el majestuoso monte.

En el desierto

Enclavado en el Condado de Harney, en la región central de Oregón, el desierto de Alvord se extiende por la sombra orográfica situada inmediatamente al este del monte Steen a una altitud norte de 1.200 m. El paraje, que en otro tiempo fue un enorme lago de 160 kilómetros con una profundidad superior a los 60 m, se encuentra ahora completamente seco desde julio hasta noviembre, y su superficie la ocupa ahora una mística llanura árida de aproximadamente 32 kilómetros de longitud y 11 de anchura.

Al final de nuestra segunda jornada se suman a nosotros los últimos miembros de nuestro equipo, y amanecemos todos con las tenues primeras luces del alba. Renunciando al café a regañadientes, nos dirigimos hacia el lago seco aprovechando la oportunidad que nos brindan las primeras horas de la mañana de rodar por las llanuras mientras el sol emerge desde el horizonte por el este.

El Lago Seco

La árida, agrietada y relativamente regular superficie alcalina del lago seco invita a la exploración y la velocidad. De hecho, no nos extraña que fuera aquí donde en 1976 Kitty O’Neil batió el récord del mundo (no oficial) femenino de velocidad en tierra al alcanzar con su vehículo los 823 km/h. El tránsito por el lago seco, cuya superficie totalmente plana y libre de obstáculos se torna en un blanco reguero al paso de nuestras ruedas, se nos hace increíblemente rápido, especialmente tras haber rodado sobre grava durante los días previos.

El desierto que se eleva

El desierto descansa sobre una falla tectónica que elevó un bloque de basalto entre fallas para crear el monte Steens durante el Mioceno, hace aproximadamente entre ocho y quince millones de años. La montaña, una escarpadura de componente norte-sur que se extiende por más de 64 km dando la apariencia de una verdadera cadena montañosa, se eleva abrupta y pronunciadamente más de 1.500 m sobre el plano del desierto hasta alcanzar los 2.978 m en su pico más alto. Tanto el monte como sus áreas colindantes solo pueden describirse con una palabra: espectaculares.

Hacia las colinas

Una experiencia totalmente distinta nos aguarda en el camino ascendente hacia el monte en la parte oeste del lago seco. Según Google Maps, las laderas orientales estaban salpicadas de viejas carreteras y senderos por los que –aunque nadie que supiéramos había rodado antes (a diferencia de la ladera occidental del monte Steens, donde abundan los largos tramos de pistas de grava ciclables y de gran calidad)– confiábamos poder atravesar con nuestras bicis y cubiertas superando los desafíos que el terreno pudiera presentarnos. Porque…Google Maps nunca se equivoca, ¿verdad?

Igual de accidentado que de empinado

No era la primera vez –y esperamos que tampoco sea la última– en la que nuestro ferviente deseo de explorar se vio apaciguado por una buena dosis de realidad, y pronto nos dimos cuenta de por qué nunca habíamos oído hablar de ninguna hazaña ciclista por la ladera este del monte. Poco después de iniciar nuestra ruta, terrenos increíblemente accidentados y tramos intransitables nos dieron la bienvenida. Ignorando a nuestro sentido común, proseguimos con tenaz determinación en sentido ascendente empujando nuestras bicis a pie, saltando vallas de ganado y cruzando arroyos, actividades que pese a exigirnos un importante esfuerzo, aportaron su ración de diversión y aventura. Aunque las temperaturas superaban ligeramente los 32 ºC, nuestro mapa nos anunciaba la inminente llegada a un riachuelo y, aún con nieve en las cumbres, sabíamos que el deshielo nos traería cierto alivio con sus gélidas aguas. Además de una broma interna, lo de “igual de accidentado que de empinado” se había convertido ya en un desafío para el equipo, así que continuamos nuestra marcha con decisión.

La Cabaña del Minero

Habíamos oído hablar de una cabaña de mineros abandonada desde hace años a algunos kilómetros en dirección ascendente por la ladera que nos animaba a continuar pedaleando. Finalmente llegamos al arroyo, en el cual encontramos un temporal respiro del abrasador calor que veníamos sufriendo. Como suele ser el caso cuando uno descubre por primera vez un destino, al llegar a la cabaña nuestro sacrificio se vio inmediatamente recompensado, y es que imaginar la dificultad que debió suponer construir su estructura en una ubicación tan remota, por no mencionar las duras condiciones de la vida y el trabajo de los mineros, nos dio una perspectiva clara de lo leve de nuestro esfuerzo.

Sacando fuerzas de donde no había

El riachuelo con el que nos cruzamos al descender nos permitió recuperar fuerzas y decidimos pasar las últimas dos horas de luz natural rodando por la margen sur del lago seco por la pista de grava para, posteriormente, volver a adentrarnos en él. No es que ninguno fuera sobrado de energía para continuar montando, pero nos dimos cuenta de que probablemente sería nuestra última oportunidad de “jugar” en el lago seco antes de levantar el campamento y volver a casa a la mañana siguiente.

El atardecer en el Lago Seco

Corretear sobre una bicicleta es una de las pocas experiencias capaces de devolvernos la exuberancia de la juventud, y con esta sensación pasamos la tarde persiguiendo nuestras largas sombras mientras veíamos al sol ponerse sobre el horizonte. Pese a estar ya agotados y hambrientos a estas alturas, queríamos aprovechar los últimos rayos de sol que caían sobre el lago seco, y además habíamos traído nuestros focos en previsión de una posible pequeña ruta nocturna (ya se sabe cuánto nos gusta la tecnología a los hombres…) Terminamos volviendo al campamento en una oscuridad casi total guiando nuestro camino con la tenue silueta de la montaña que iba desapareciendo rápidamente y al quedar atrapados en la negrura más absoluta, sentimos que habíamos exprimido hasta la última gota de aventura de nuestra excursión de tres días.

Llámalo como quieras

La definición de “aventura” puede variar en gran medida dependiendo de quién la dé, y aunque descubrir nuevas pistas y rodar por zonas y terrenos inexplorados es la base de la nuestra, de lo que más disfrutamos es probablemente de la compañía de amigos y de poder compartir con ellos nuestras experiencias e historias. Como siempre solemos hacer, pasamos la última noche reviviendo las aventuras de este viaje y planificando el siguiente.

Como dijera Thoreau “Necesitamos el bálsamo de lo salvaje… ávidos por explorarlo y aprenderlo todo, precisamos que ese todo sea misterioso e inexplorado, que tanto la tierra como el mar sean indefinidamente salvajes… Nunca tendremos suficiente naturaleza”, y no podríamos estar más de acuerdo con él. Por eso, si buscas una escapada en la que experimentar la verdadera soledad y la naturaleza, el desierto de Alvord y el monte Steen son sin duda tu próximo destino.

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