Seeking Adventure: En el valle

La llamada de la aventura

Para el aventurero y ciclista que todos llevamos dentro, el nombre mismo de este valle ya representa una especie de llamada. Con más kilómetros de carretera que ningún otro parque nacional estadounidense –cerca de 1.600 km de vías pavimentadas y de grava–, el Valle de la Muerte (en inglés, Death Valley) ofrece una magnífica oportunidad para la exploración y la aventura. En este lugar, en el que ya al inicio de la temporada puede hacer bastante calor, el tráfico es mínimo; tampoco nos encontraremos con casi nadie en él ni podremos contactar con quienes se encuentren fuera del parque. El Valle de la Muerte es el lugar ideal para desconectar de verdad. Teniendo esto presente, nos embarcamos en una travesía con intenciones de acampar, recorrer las vías menos frecuentadas, disfrutar del sol, de la buena comida y bebida y del encuentro con nuestros amigos de Squadra Avventura.

Abundancia de sol

Posiblemente el aspecto más importante que hay que tener en cuenta al visitar el Valle de la Muerte –y, ciertamente, la primera lección que aprendimos– son las variaciones meteorológicas que se producen en él.

Si uno lo visita en verano, es probable que se encuentre con un calor extremo. Furnace Creek tiene el récord de temperatura atmosférica registrado sobre la tierra (¡nada menos que 56ºC!), el 10 de julio de 1913, y más recientemente, en 2001, el parque registró temperaturas superiores a los 38ºC durante 154 días consecutivos. El sol está prácticamente garantizado, incluso desde el punto de vista estadístico: en el Valle de la Muerte caen de media menos de 60 mm de lluvia en todo el año. Creemos que esta es la razón por la que los ciclistas llaman a esto “un tiempo propicio para llevar pantalón corto”.

Pero si uno llega –como nosotros– durante una ola de frío a principios de marzo, puede ocurrir cualquier cosa. Tuvimos el placer de experimentar temperaturas que caían al atardecer hasta casi los cero grados y un viento que reducía la sensación térmica todavía bastante más. Y, pese a que durante el día las temperaturas en el fondo del valle eran mucho más agradables (en torno a 24-25ºC), una vez que alcanzamos altitudes superiores a los 1.500 metros los cortavientos y las prendas de abrigo resultaron cruciales. ¡Por no hablar de los descensos!

Un valle lleno de vida

Lejos de las implacables extensiones de color marrón que esperábamos encontrar, esa primavera se registró en el parque un nivel de precipitación sin precedentes, que provocó un estallido de vida. Dado que proveníamos de Portland (Oregón), tampoco llegaríamos a calificar la flora de abundante, pero ante nuestros ojos surgió una cantidad sorprendente de vegetación y unas cuantas flores silvestres, denominadas “efímeras” debido a su corta vida. De hecho, la expresión “corta vida” parecía perfecta para describir a cualquiera lo suficientemente estúpido como para intentar subsistir en el Valle de la Muerte.

Sin temor alguno

El Valle de la Muerte fue bautizado así por un grupo de pioneros que se perdieron durante el invierno de 1849-1850. Aunque todos ellos asumieron que aquel valle se convertiría en su tumba, finalmente todos los miembros del grupo, salvo uno, consiguieron sobrevivir. Nuestra intención era evitar el temor a (y el riesgo de) morir en el intento; para ello, nos propusimos permanecer bien hidratados y fuimos bien provistos de suministros. ¡Todos queríamos vivir para contarlo! Aunque en ningún momento estuvimos realmente cerca de ningún peligro real, era fácil –y, de algún modo, divertido desde nuestra atalaya de seguridad– imaginar una situación en la que los acontecimientos se complicaran de tal modo que esa seguridad se esfumara.

Desconectados

A caballo entre el este de California y Nevada, el Valle de la Muerte tiene una superficie total superior a 13.500 km2. El Valle, que no fue designado como parque nacional hasta 1994, es especialmente célebre por su duro clima, sus ciudades fantasmas, vestigios de explotaciones mineras abandonadas, y por sus serpientes de cascabel. Actualmente recibe casi 1,3 millones de visitantes al año, aunque durante nuestra visita, a principios de la primavera, tuvimos las carreteras –y los campings– prácticamente para nosotros solos.

Diversidad

El parque ofrece una diversidad geológica impresionante: desde la cuenca Badwater, el punto más bajo de Norteamérica, situado a 86 metros por debajo del nivel del mar (y que, irónicamente, se encuentra a menos de 140 km del Monte Whitney, el punto más elevado de la zona, con una altitud de 4.421 m), hasta el cráter Ubehebe, formado por una erupción volcánica que dejó un cráter de 800 metros de ancho y casi 250 de profundidad, que da al lugar un aspecto propio de otro mundo, sin lugar a dudas hay mucho que ver. Y no hay mejor forma de visitar el parque que hacerlo en bicicleta; no olvides incluir en tu lista de viaje una cámara decente y una batería extra.

Ah, y si piensas abandonar las carreteras asfaltadas, te sugerimos que utilices las ruedas más anchas que admita tu bici. Hay muchas carreteras de grava, pero son de las más duras que hemos recorrido jamás. Si quieres poder acceder a cualquier lugar, te recomendamos que uses ruedas de 40cc y un bajo PSI.

Al caer la noche

Acampamos en el parque cuatro noches en total. Elegimos como campamento base el Mesquite Springs Campground, en parte debido a su proximidad a algunas de las carreteras de grava de la parte septentrional del parque, pero también porque sabíamos que en él habría muchos menos ocupantes que en los campings situados más al sur y más cerca de Furnace Creek. Además, desde allí se puede acceder fácilmente al cráter Ubehebe.

Las puestas del sol del parque no nos defraudaron, al igual que las excursiones vespertinas bajo las estrellas. Cada tarde, cuando el sol se ponía lentamente tras el extremo occidental del macizo de Panamint Range, en el cielo se producía una explosión de color. Gracias al reducido nivel de contaminación atmosférica, el firmamento del Valle de la Muerte es extremadamente nítido. Una oscuridad casi perfecta favorecía una bella y espectacular contemplación de las estrellas. Como dijo Carl Sagan, “en nuestra galaxia hay miles de millones de estrellas”, y una vez que el sol se pone en el Valle de la Muerte, casi parece que se puedan ver todas y cada una de ellas.

Al alba

Si tuviéramos que poner algún “pero” a nuestro viaje, sería el viento, un fenómeno omnipresente. Por la noche, nuestras tiendas se agitaban sin cesar con una fuerza terrorífica. Si a ello le sumamos unas temperaturas cercanas a los cero grados, es fácil de entender que cada mañana nos resultara tan difícil salir de nuestros sacos de dormir.

No obstante, la parte positiva –como suele suceder– eran los menús que nos preparaba Remi y los cafés que nos servían en Stumptown Coffee Roasters. Con el estómago plenamente satisfecho, despertaba en nosotros cada día el deseo de comenzar nuestras exploraciones ciclistas.

Perspectiva

Quizá como resultado de la inmensidad que nos rodeaba, o debido al calor y a la absoluta falta de agua, o incluso a que uno puede rodar literalmente durante horas sin ver a otro ser humano, el Valle de la Muerte sabe cómo hacerte sentir pequeño e insignificante. También te hace sentir cierto aprecio por un mundo que existe más allá de nuestras realidades cotidianas. Si pasas un par de días en el Valle empezarás a pensar en la vida en términos de supervivencia. No necesariamente la tuya, pero sí en la de todo lo que te rodea, desde las plantas y flores de primavera hasta la fauna silvestre. En pocas palabras, el Valle de la Muerte es un lugar extremadamente duro para vivir, y de algún modo esto dio un sentido mayor al tiempo que transcurrimos en él; un sentido que solo se obtiene cuando se adopta una perspectiva completamente diferente.

Rituales y rutina

Nuestros días estaban organizados en torno al ciclismo y la comida: despertarnos, desayunar, rodar, comer, rodar, cenar y sentarnos alrededor del fuego para revivir las historias vividas durante la jornada. Tuvimos mucho tiempo para relajarnos y explorar entre comidas y travesías en bici, e incluso para divertirnos un poco por las noches si nos quedaban fuerzas. Buena comida, buenos amigos y grandes excursiones; pocas cosas pueden superar una combinación así.

La puesta de sol

Sea uno religioso o no, al rodar por el Valle de la Muerte viene a la mente el famoso Salmo: “Aunque yo pase por un valle tenebroso y de muerte, yo ningún mal temeré…”. Pese a que no hay que sentir necesariamente miedo al caminar (o andar en bici) por el Valle, es prudente –por no decir necesario– mostrar cierto nivel de respeto. Y con la agradable sensación producida por las aventuras que habíamos vivido cada día y una enorme admiración por lo que nos rodeaba, terminábamos cada jornada como la habíamos empezando: rodando bajo la puesta de sol y soñando con otro día sobre la bicicleta.

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