4 junio, 2025
Maté. La huella que dejamos
Cualquiera que haya seguido la carrera de Luis Ángel Maté conoce su vinculación con la naturaleza. Durante su etapa como profesional no desperdició ninguna ocasión para poner el foco sobre la necesidad de conservar el territorio y aprovechó la voz que le daba el ciclismo para inculcar a quien quisiera escucharle su amor por la madre tierra.
Ahora disfruta de la bicicleta sin enfocar cada minuto a prepararse para ganar carreras y, por fin, puede emprender aventuras que venían latiendo en su cabeza desde hace tiempo. La última es un viaje de ida y vuelta entre su casa, en Marbella, y El Rocío, que Maté nos relata para hacernos conscientes de que la tierra, cuando pasemos, será lo único que quede.
Nuestro viaje a El Rocío
Amanece en la Plaza de la Iglesia de Marbella y, en silencio, recuerdo a mi padre. Este viaje que aquí comienza es un homenaje al hombre que me enseñó a amar la naturaleza tanto como a la bicicleta.
Comenzamos dirigiéndonos a Estepona por la A7, donde la antigua travesía transformada en un espacio para peatones y ciclistas nos recuerda que, a veces, las ciudades también pueden devolver espacio a las personas.
Desde la costa gaditana, con África en el horizonte, nos adentramos en la Andalucía más profunda. En el Parque Natural de los Alcornocales, la magia de los helechos, encinas y venados nos envuelve mientras serpenteamos por caminos inexplorados. Cada pedalada nos susurra la historia casi olvidada de La Sauceda, un rincón andaluz destruido durante la Guerra Civil, que aún hoy sobrevive en la memoria de quienes se atreven a contarla.
El viento de poniente, constante e implacable, se convierte en nuestro compañero durante toda la etapa hasta La Barca de la Florida, donde terminamos los 160 magníficos kilómetros de la primera jornada. Con el cuerpo cansado pero el espíritu intacto, nos preparamos para vivir al día siguiente uno de los momentos más esperados del viaje: cruzar el Guadalquivir en barcaza para entrar en Doñana.
El cruce del gran río se convierte en un instante sagrado. Nada más pisar la arena virgen de Doñana somos conscientes de estar viviendo algo irrepetible. Pedaleamos en silencio entre dunas infinitas y el rugir del Atlántico, acompañados apenas por aves migratorias y el eco de nuestras propias emociones. El almuerzo improvisado en una choza de pescadores, entre conservas y pan, nos sabe a manjar celestial.
Con el viento siempre en contra, llegamos a Matalascañas, donde la civilización y el Parque Nacional se dan la mano, mostrando de algún modo el desequilibrio de nuestra relación con la naturaleza. Desde allí, bordeamos el corazón de Doñana para adentrarnos en la aldea de El Rocío. La marisma, en su máximo esplendor, nos recibe con bandadas de aves y caballos salvajes, y nos recuerda la importancia vital de proteger estos ecosistemas.
Pedalear por las calles de arena de El Rocío, entre caballos y carrozas, es como retroceder en el tiempo; nos hace tristemente conscientes de que la modernidad y el exceso de coches amenazan con diluir la esencia de lugares únicos. Allí, entre hospitalidad andaluza y conversaciones improvisadas, nos sentimos parte de algo más grande.
La ruta de regreso hacia la Sierra de Cádiz nos lleva de nuevo por caminos rurales, entre pinares, marismas y viñedos. Cruzamos nuevamente el Guadalquivir en Coria del Río y rodamos entre cigüeñas, ganado y cielos abiertos. Cada parada, cada conversación, cada sendero son un testimonio del enorme valor de respetar el entorno.
Terminamos nuestro viaje en Marbella, después de atravesar la Sierra de las Nieves y la Serranía de Ronda, donde la naturaleza se muestra sin filtros. Exhaustos, sí, pero llenos de gratitud.
Este no ha sido solo un viaje en bicicleta, ha sido una travesía de reencuentro con nuestras raíces, una reivindicación silenciosa de nuestra tierra y un recordatorio urgente: proteger nuestro entorno no es una opción, es una necesidad.
Cada kilómetro, cada sendero, ha sido un canto a la vida, a la amistad y al amor por la naturaleza. Porque hay viajes que no terminan al llegar a casa. Se quedan latiendo para siempre en el corazón.