Seeking Adventure: Los Pirineos, 3ª Parte

Aquella mañana ensillamos las mulas y con mucho cuidado, muy lentamente, cargamos en ellas las bicis.

Cuando las bicis de alguna pareja no pesaban lo mismo, se llenaba una bolsa con piedras hasta que el peso fuera exactamente igual. Los guías muleros Alberto y Álvaro no dejaron ni un momento de hablarles a las dos mulas; era conmovedor ver los cuidados que les prestaban y el cariño con el que les trataban.

Las mulas tenían casi 30 años, y bastaba con ver cómo hombres y bestias se entendían en la faena para darse cuenta de que aquella era ya una relación prolongada en el tiempo. Esta vez la carga era muy ligera en comparación con el peso que acostumbran a llevar, y la única dificultad era a causa de la altura de las bicis, que tropezaban con algunos árboles de ramas bajas que se cruzaban a lo largo del recorrido. Después de más de una hora de maniobras y desvíos improvisados atravesamos un collado, desde cuyo punto más alto pudimos contemplar a lo lejos nuestro campamento lacustre, que se adivinaba minúsculo a nuestra espalda

Las montañas se estiraban infinitas profundamente hacia el este, adonde nos conducía nuestra ruta. La intensidad del descenso se prolongó tanto que una vez más nuestra llegada iba a coincidir con la puesta del sol. El sendero era sumamente adverso, técnico al extremo y acrobático por momentos. En esas ocasiones, si tu bici no es la adecuada o no te sientes seguro con ella, el camino se te va a hacer muy, pero que muy largo. Pero para este grupo de expertos ciclistas que confían plenamente en sus bicis se trataba de una fiesta por todo lo alto.

Acabamos en las profundidades de un cañón: otra experiencia especial después de haber empezado en lo más elevado, en la cima de una montaña. Aquella noche apenas podía sostener una cerveza en mi mano, y a la hora de la cena nuestro grupo se sumió en una silenciosa camaradería en torno a la mesa, que muy de vez en cuando se veía interrumpida por las ocurrencias de un agotado Pete. En seguida nos quedamos profundamente dormidos, pero el amanecer no nos dio tregua y mucho antes de la cuenta tuvimos que esforzarnos para apartar nuestros cansados cuerpos de la calidez de aquellas camas.

El último día lo dedicamos a disfrutar de algunas subidas alrededor del Valle de Benasque y del Puro Pirineo. Nos lo tomamos con calma y disfrutamos de algunos recorridos suaves, pedaleando relativamente poco. Teníamos la oportunidad de acabar la excursión con toque relajante, y la aprovechamos: por primera vez durante todo el viaje terminamos bastante antes de la puesta de sol, alrededor de la mesa, con una conversación animadísima durante la cena… y sin rastro de agotamiento. 

Nuestro grupo estaba bien formado y sinceramente creo que durante aquellos días de intensa aventura se forjó una amistad que promete perdurar. Compartimos una profunda experiencia, que al menos para mí supone una de las experiencias más agradables de mi vida. Fue Ferris Bueller el que dijo “la vida se pasa muy deprisa; si no te paras y miras a tu alrededor de vez en cuando, te la podrías perder”.

Esta semana tengo la sensación de haberme parado a mirar a mi alrededor; es algo parecido a que alguien detenga la rueda al hámster para que durante un rato prescinda de ella. Lo cual parece una contradicción, ya que no hemos dejado de movernos ni un minuto, de sol a sol; y aun así eso es justo lo que se siente. Fue un descanso de la rutina; no tuve ni un momento para pensar en otra cosa que no fuera lo que estábamos haciendo, y los únicos problemas que tuvimos los pudimos superar sobre la marcha. Los recuerdos que nos llevamos pervivirán durante mucho tiempo en nuestra memoria. Veníamos buscando aventura y sin duda la encontramos, y con la aventura descubrimos un mundo aparte del cotidiano, donde las cosas son a menudo complicadas y no pueden resolverse como aquí, con una dosis de «venga, arriba, y manos a la obra».

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