Seeking Adventure: Un viaje sin anestesia por Pirineos, Parte 1 de 3

Estuvimos hablando sobre el viaje que nos gustaría hacer, pensando más en nosotros que en el trabajo; lo que nos gustaría hacer si tuviéramos una semana libre y sin limitaciones. Y la cosa fue madurando hasta que tuvo que pasar justo lo que nosotros hicimos que ocurriera. Esta es la historia de la aventura que surgió de una pequeña idea.

Como guías de bici de montaña,  parte de nuestro trabajo consiste en domar la aventura, darle forma y proporcionársela a nuestros invitados con un envoltorio seguro. Nuestros consejos parecen muy atrevidos, pero en realidad hemos tenido en cuenta todos los riesgos, los hemos paliado a base de ir sumando alternativas, de modo que siempre podamos disponer de alguna opción buena y segura para nuestros grupos. Hemos practicado las rutas con amigos y un buen número de excursionistas, y podemos asegurar sin ambages el éxito de cada una de nuestras vacaciones.

Pero ahora se trataba de algo distinto, de un viaje sin anestesia donde nuestro compromiso consistía en seguir el plan A sin parar hasta el final. En este viaje no iba a haber mucho margen de error; si fallara alguna parte del equipo, ya fuera una persona o una parte del material, eso se convertiría en un serio problema para el equipo entero. Estaba previsto que este viaje fuera una auténtica aventura. ¡Y con eso quiero decir que podía salir mal!

Para hacer este proyecto realidad nos hacía falta un motivo para emprenderlo, y la idea fue invitar a algunos periodistas, fotógrafos y videorealizadores de todo el mundo especializados en el mundo de la mountain bike, y grabarlo. Orbea nos proporcionaría las bicicletas y nos equiparíamos con una combinación de Occam AM´s y Rallons. El recorrido nos llevaría desde la planicie al norte del río Ebro, a través del entorno salvaje de la  Sierra de Guara, cruzando la Zona Zero y ascendiendo la elevada cordillera de los Pirineos para finalmente recorrer todo el camino hasta el Valle de Benasque.

Pretendíamos hacer el recorrido de la forma más recta posible, pero sabíamos que para cubrir estas distancias sin apartarnos de las mejores rutas necesitaríamos alguna ayuda en las escaladas, de modo que planificamos el recorrido teniendo esto en cuenta. Cada persona tendría que llevar el equipamiento necesario para el día, pero el equipo Basque MTB nos ayudaría trasladando nuestros equipajes hasta la siguiente parada, y proporcionándonos el avituallamiento por el camino. Después de todo, la aventura no está reñida con la comodidad.

Sólo invitamos a gente con la que ya habíamos trabajado anteriormente: ésta no era la aventura adecuada para probar con desconocidos. Se nos unieron Paul Humbert de VojoMag, Pete Scullion de Escocia, Muriel Bouhet de MTBPro, Sam Needham, fotógrafo muy conocido, y Ian Baquerin, cineasta español. Del equipo basqueMTB teníamos a Carlos, uno de nuestros guías, y a mí mismo (Doug), propietario de basqueMTB.

La primera noche llegamos a Nocito, una aldea minúscula prácticamente abandonada por completo hasta hace relativamente poco; allí montamos las bicis y disfrutamos de una comida copiosa junto a la hoguera. A la mañana siguiente discurrimos por los arduos y pedregosos senderos de Guara, una zona en las que tienes que pelear cada palmo de camino, y donde los descensos no son ni mucho menos para dormirse en los laureles. La dureza de las pistas afecta tanto a los ciclistas como a las bicis; como dicen los lugareños, “Guara: si quiere, te mata”.

De lo que se trataba era de terminar el día con un ascenso al Tozal de Guara, el pico más alto de la zona. Éramos conscientes de que teníamos que alcanzar la cumbre alrededor de las 19:00 horas para que nos diera tiempo para el descenso; sin embargo, mientras ascendíamos se formó un banco de nubes en el horizonte de poniente, y ya era evidente que nos veíamos abocados a una puesta de sol tan prematura como espléndida.

Cuando estábamos a punto de dar el impulso finar para coronar, nos dimos cuenta de que ya no disponíamos de luz suficiente para alcanzar la cima con seguridad. Nos faltaban 60 metros de altitud para llegar a la cumbre: la decisión fue dura, pero no nos quedó más remedio que renunciar a la cima y darnos la vuelta, iniciando un descenso con los últimos rayos de sol  proyectados sobre nuestras espaldas.

Aunque descendíamos con esfuerzo a toda velocidad compitiendo con el sol poniente montaña abajo, éste era más fuerte y más rápido que nosotros: pronto nos quedamos sin casi nada de luz. Yo dirigía la operación y me alegré de la confianza que había ido adquiriendo este año con mi bicicleta a lo largo de incontables horas montado sobre el sillín Me dirigí hacia los lugares más luminosos que podía ver, y dejé confiado que ella hiciera el resto, mientras gritábamos y chillábamos bajando por aquel sendero que a duras penas podía distinguirse. Cuando nos quedamos sin luz y seguir adelante suponía ya un serio riesgo, desde un recodo vimos una pintoresca cabaña solitaria, con unas atractivas lucecitas parpadeando en las ventanas.

Allí nos detuvimos a pasar la noche, manteniendo el fuego encendido, refrescando cervezas y cocinando alimentos gracias a Bertrand y a su encantadora hija, Eva. Dejamos las bicis fuera en la oscuridad y nos internamos en la tierna calidez, con su luz trémula y el aroma de la cocina.  Fue una experiencia emotiva, casi mística: llegar aquel paraje en lo alto de la montaña después de un largo y arduo día, sin apenas bajarnos de las bicicletas.

Aquella noche las pasamos oyendo las historias de Bertrand, viejo vaquero francés y uno de los primeros en repoblar los pueblos abandonados de Guara. Nos hablaba de sus aventuras y de la alegría de regresar a casa, de viajes a través de África, con su hija dejada al cuidado de su comprensiva pareja en aldeas semiabandonadas, de extraños encuentros de carretera y de oportunidades aprovechadas. Comimos unas deliciosas migas y bebimos vino, y charlamos, pero la mayoría de nosotros nos limitamos a escuchar en la profundidad de la noche.

Llegado el momento de buscar lecho, nos vimos abordados por un espectáculo increíble sobre nuestras cabezas. El cielo estaba despejado y plagado de estrellas, pero al otro lado de la montaña azotaba una tormenta cuyos relámpagos iluminaban con sus destellos silenciosos el firmamento, dibujando filigranas sobre nosotros, entre las estrellas. Fue un final fascinante para un día fascinante, algo que permanecerá vivo en mi memoria para siempre. La de hoy ha sido una experiencia intensa y me alegro de haberla podido compartir con este grupo de personas; personas que apenas esta mañana eran unos extraños entre sí, pero al calor de la aventura se han fundido en estrechos lazos de unidad.

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