22 abril, 2026
Euskadi lleva el ciclismo en la sangre
Lawrence Naesen es descendiente de una estirpe de mujeres y hombres curtidos sobre una bicicleta. Es heredero de generaciones cuya historia se ha escrito bajo el sol y la tormenta, con manos curtidas en la dureza del adoquín y piernas que solo aprendieron a andar una vez ya sabían dar pedales.
Cada primavera se pregunta si habrá otro lugar donde se vibre con el ciclismo como lo hacen los belgas, si habrá un suelo que tiemble al paso del pelotón como lo hace en su lugar de origen.
Ese sitio existe. Lo descubrió el día que comenzó a correr con Orbea. Conoció una marca que no se entiende sin su territorio; inseparable de las montañas y los valles, forjada con la misma devoción y respeto por la bicicleta que él conoce desde niño. En sus talleres y en sus carreteras ha encontrado un eco familiar, una vibración idéntica a la que había marcado su infancia. Euskadi siente el ciclismo hasta lo más blando del hueso.
Para que Lawrence realmente comprendiese hasta dónde penetra la bicicleta en nuestro día a día, le invitamos a que nos acompañara durante dos semanas. Dos semanas siendo uno más en nuestra casa le han hecho entender por qué existe Orbea.
Ha visto la dureza del territorio; ha vivido las inclemencias del tiempo, que nos han curtido como se curten en Flandes; ha visto legiones de todas las edades subirse en una bici cada fin de semana, igual que siempre lo ha visto hacer en casa. Se le ha erizado la piel en vertiginosas bajadas, muros imposibles de hormigón y larguísimos puertos; y ha disfrutado también del gravel en pistas compactas, en terreno técnico y pedregoso, en el barro, bajo la lluvia, el sol inclemente, en el frío y en el calor.
Ha podido entender que cada una de las bicis Orbea está construida en torno a todo esto, que Euskadi es el terreno de pruebas para cada bicicleta que sale de nuestra casa porque nuestra casa lo tiene todo.
Después de una semana entrenando por carreteras vascas, aún quedaba el remate final, la verdadera esencia de la visita de Naesen a Euskadi. La mejor muestra de la pasión con la que vivimos la bici llega cada primavera desde hace más de cien años con la Itzulia; la vuelta al País Vasco saca a la afición de sus casas y los vuelca en las cunetas para vivir desde cerca la mejor carrera.
Si Lawrence Naesen tiene cuentas pendientes de su etapa como profesional, no haber llegado a competir en «la carrera de una semana más dura del mundo» no parece una de ellas. Cuenta que nunca le eligieron para venir y que, sabiendo de la extrema dureza del terreno y de su perfil de clasicómano, tampoco él levantó la mano. Por eso ha disfrutado tanto viviendo la Itzulia desde el coche de Lotto-Intermarché.
Ya desde la primera etapa siguiendo a Reuben Thompson en la contrarreloj, Law podía sentir que ese público no era el de otras carreras.
Pero la locura llegó el quinto día: «es como la afición en Flandes, se saben todos los nombres, conocen a todos los corredores». El público abarrotaba cada centímetro de cada cuneta de cada uno de los ocho durísimos puertos, de cada uno de los cuatro mil metros de altitud, de los 176 kilómetros desde y hasta Eibar.
«La razón por la que esta es la carrera de una semana más dura del mundo es que solo hay subidas, bajadas y ni un solo llano».
Sin embargo es el público el que hace que los corredores se sientan imparables, vuelan como pájaros impulsados por la energía de la gente. Baptiste Veistroffer entró eufórico en meta, era incapaz de creer que la afición pudiese llegar a tener tanto poder sobre las piernas cuando uno se abre paso peleando por la victoria.
Lawrence se marcha después de dos semanas. Ha entendido que el frenesí, ese ardor por el ciclismo, no era exclusivo del pueblo belga. De alguna manera, nuestra tierra es la hermana perdida de su propia casa, una especie de doppelgänger nacido bajo otro cielo, pero impulsado por la misma tradición.