16 julio, 2025
Mayo, Zubeldia y Orbea Orca, de nuevo en el Mont Ventoux
En junio de 2004, Iban Mayo ascendió el impresionante Mont Ventoux. Mineral, salvaje como el viento que castiga sus rampas baldías. El joven Iban subió a su cima como si el monte le hubiese estado esperando.
En aquella edición del Critérium du Dauphiné Libéré, Mayo firmó una de sus actuaciones más destacadas. Subió al Ventoux en una cronoescalada en solitario, superando a Lance Armstrong y a otros favoritos, y estableciendo un tiempo de referencia —55′ 51″— que aún hoy se mantiene como récord, sin que nadie hasta la fecha haya podido superarlo.
«Aquel fue un día muy bonito, un tres en uno: ganar, récord y líder. Este puerto me marcó».
«Hizo una ascensión estratosférica. Está en el recuerdo de todos. A día de hoy, ese récord sigue vigente y ahí está para batirlo». Así habla Haimar Zubeldia, con orgullo, de su amigo y antiguo compañero.
Pero para Haimar, el Mont Ventoux tampoco es un lugar cualquiera. Este puerto de leyenda está presente en algunos momentos bonitos de su carrera. En la Dauphiné Libéré del año 2000, cuando aún era un joven corredor en desarrollo, logró colocarse líder tras una sólida actuación en la etapa que acababa en su cima. Terminaría segundo en la general, entre los entonces todopoderosos Hamilton y Armstrong.
Años más tarde, Haimar reconocería que «de todos los puertos del Tour, me quedo con el Ventoux».
Veinte años después de dos de las ascensiones más recordadas en la historia reciente del ciclismo profesional, Iban Mayo y Haimar Zubeldia han vuelto a enfrentarse a uno de los grandes puertos de sus vidas.
Lo han hecho sobre sus Orbea Orca actuales, muy diferentes de las que utilizaban cuando competían en las filas del Euskaltel-Euskadi a comienzos de los años 2000. En una época en la que el ciclismo todavía se encontraba en plena transición tecnológica, todavía corrían con cuadros de aluminio. Aquella Orbea Columbus Starship ya incorporaba la horquilla de carbono, pero los cambios seguían siendo mecánicos, las ruedas de perfil algo más bajo y los entrenamientos aún estaban lejos de la actual monitorización constante por potenciómetros y GPS.
Mayo y Zubeldia, ambos retirados hace algunos años del pelotón profesional, han regresado hoy al Ventoux con una mirada diferente, más técnica que nostálgica.
Las diferencias entre aquellas bicis de comienzos del milenio y la actual son notables. La aceleración instantánea, la absorción de vibraciones y la conducción reactiva de la Orca que han utilizado en esta nueva subida representan una evolución radical. Las Orca modernas incorporan frenos de disco, integración de cables y una compatibilidad total con grupos electrónicos.
En contraste, las bicicletas de aquel recordado Euskaltel montaban grupos mecánicos, frenos de zapata y ruedas de perfil bajo, con pesos y rigideces que, si bien competitivos entonces, hoy han sido ampliamente superados.
«Es sorprendente cómo Orbea, en su día, también supo adaptarse a los tiempos y a los materiales que había y construir una bicicleta tan ligera».
«21 años después [hemos] vuelto al Mont Ventoux, con una bicicleta que nada tiene que ver con la de aquella época, pero que sigue estando en la élite mundial».
Iban y Haimar hablan del salto en tecnología con una mezcla de fascinación y distancia. La bici de ahora es mejor en todo. Es más eficiente, más cómoda, más rápida. Pero eso no hace que la subida sea más fácil. El esfuerzo sigue estando en las piernas, no en el carbono.
La imagen de Mayo y Zubeldia ascendiendo de nuevo, ya sin dorsal, sin equipo detrás, pero con la misma marca de bicicletas que entonces, ofrece una perspectiva valiosa sobre cómo ha evolucionado el deporte y su tecnología.
Escuchar el crujir del pedal bajo el cuerpo ya distinto. Ver cómo la bici responde con una precisión quirúrgica. Y también, cómo el cuerpo entiende de otra forma el sufrimiento: no como un enemigo, sino más bien como un lenguaje antiguo.
El Ventoux sigue siendo el mismo: 21,3 kilómetros al 7,5 % desde Bédoin hasta la cima. Con sus tramos rectilíneos, su desnivel constante y su cima expuesta al viento, sigue siendo uno de los desafíos más exigentes del ciclismo europeo. Y, veinte años después, el poderoso recuerdo sigue ahí, como testimonio de una historia excepcional.